El Oficio de la Historia: En 1926. Viviendo al borde del tiempo
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"No intente empezar por el comienzo" dice Gumbrecht en la primera frase de este libro, y no le falta razón. Es una buena muestra de la originalidad de este ensayo. Si uno lo piensa, los libros de Historia suelen ofrecernos precisamente eso, una historia, un relato con presentación, nudo y desenlace. Por ejemplo: se describen el lujo de Versalles y el hambre de París, luego se añaden un par de intrigas y pulsos políticos, y se acaba balanceando la sangrienta cabeza de Luis XVI. El lector queda contento, porque los acontecimientos se ordenan según una cadencia reconocible que los revela como signos de algo más grande: la conquista de las libertades, o algo así. Sin embargo, a poco que se mire de cerca esta costumbre historiográfica, se verá que no deja de ser algo sospechosa. Los hechos pasados se encajan en una perspectiva determinada por factores sociales e ideológicos (entre otros) que bien pueden pasar desapercibidos al historiador. Son esos factores los que le hacen ver una serie de acontecimientos como el inicio de algo o su decadencia. Por lo tanto, ¿de quién dice más su trabajo como historiador: de sí mismo o de su objeto de estudio? Esto de narrar la historia como si fuera un relato se hace bastante difícil una vez que se ha perdido la fe decimonónica en el progreso universal de la humanidad y todas sus variantes. De hecho, si ya nadie cree que puedan deducirse unas supuestas leyes históricas observando el pasado (y esto ya no se lo traga ni el Partido Comunista Chino), ¿qué sentido tiene seguir escribiendo libros de Historia? ¿Cómo puede ser que estos libros abarroten los escaparates de novedades editoriales? Gumbrecht responde: porque todos queremos revivir el pasado. Un historiador sabe que esto no es más que una quimera, pero, sin embargo, la persigue. Pues bien, ha llegado el momento de que lo haga sin culpa y deje de empeñarse en buscar insostenibles justificaciones políticas o pedagógicas. Estas reflexiones sobre cómo puede escribirse la Historia hoy en día le llevaron a Gumbrecht al experimento que es este libro. Si eligió el año de 1926 es precisamente porque es un año más, sin esa aura de los años decisivos, que se erigen en bisagras de algún gran relato. No es 1914, que vio el inicio de la Gran Guerra, ni 1919, cuando se firmó el Tratado de Versalles y se fundó el Partido Fascista, ni 1929, el del crack. Se trata, sin más, de revivir un año, tratando de acercarse todo lo posible a la experiencia que tuvieron de él quienes lo vivieron. Este exigente propósito requiere no pocas innovaciones formales. Para empezar, Gumbrecht rechaza la forma narrativa. Quienes vivieron en 1926 no lo experimentaron como un relato ordenado, así que nosotros tampoco debemos tratar de revivirlo así. La solución pasa por una serie de entradas, ordenadas alfabéticamente, que presentan los objetos, fenómenos y modas de 1926 con documentos de la época. A través de entradas como "gomina", "boxeo", "palacios de cine", "ascensores", "montañismo" o "gramófono" las voces y los hechos de aquel año van cobrando vida ante los ojos del lector. El único criterio en la elección de las fuentes es su vínculo con 1926, sin distinción alguna entre periodismo, ficción o ensayo. Esto restringe los documentos, desde luego, pero genera una selección bien curiosa, en la que figuran El castillo de Kafka, Ser y tiempo de Heidegger (escrito entonces, aunque publicado en 1927) o las aventuras de Winnie-the-Pooh. Gumbrecht logra un trabajo de una calidad excepcional y de una originalidad imbatible. Es un libro para cualquier público, además, porque el propósito de revivir 1926 puede servir tanto para la elaboración de una tesis doctoral como para disfrutar del pasado. Sólo una pega: la traducción al español, editada en 2004 por la Universidad Iberoamericana, es casi imposible de encontrar en librerías. [sinopsis tomada de acá .]
